El Lucro de la Chatarra en Venezuela: El Caso de Bahía de Pozuelos
El gobernador de Anzoátegui, Luis Marcano, ha estado promoviendo la operación de saneamiento en Bahía de Pozuelos, haciendo hincapié en el reflotamiento del ferry “María Rosario”, un barco que se hundió hace siete años en el muelle Eulalia Buroz de Puerto La Cruz. Sin embargo, detrás de este proyecto aparentemente benigno se oculta un negocio altamente lucrativo que ha prosperado en el contexto actual de Venezuela: el manejo y la venta de chatarra. Este fenómeno está intrínsecamente ligado a la crisis económica y la decadencia industrial del país.
La situación de la industria venezolana es un reflejo claro del deterioro que se ha extendido por toda la nación. Desde la ruina de fábricas y vehículos, hasta la ineficiencia de la industria petrolera, el panorama es desolador. En este contexto, la venta de chatarra ha emergido como una de las pocas áreas en las que el gobierno ha encontrado una fuente de ingresos, siguiendo el decreto presidencial número 3.586 de 2018 que establece el monopolio estatal sobre la compra de chatarra, considerado “material estratégico”.
Desde 2019, diversos reportajes han revelado que el gobierno venezolano ha llegado a vender grandes toneles de chatarra a países como Turquía para obtener divisas. El precio de la chatarra varía en el mercado internacional, siendo el hierro y el acero los más cotizados. Con precios que fluctúan desde $287 por tonelada para hierro hasta $9,502 para el cobre, el negocio de la chatarra se ha convertido en un atractivo para la administración venezolana, que busca dinero en medio de una profunda crisis.
A pesar de la exclusividad estatal en el manejo de la chatarra, varias empresas han logrado operar en este sector, como Fundición y Procesadora Atlántica C.A. Sin embargo, un análisis más profundo revela que esta compañía está vinculada al coronel Alexander Granko Arteaga, director de la DGCIM. Este hecho plantea preguntas críticas sobre la transparencia y la ética del comercio de chatarra en Venezuela, así como sobre las implicaciones de los vínculos del gobierno con personas acusadas de violaciones a los derechos humanos.
En el marco de esta crisis industrial, las autoridades han intensificado la persecución de ciudadanos que intentan “robar” o sustraer “material estratégico”, interpretando esto como un delito que contribuye al ya frágil estado de las industrias venezolanas. Mientras tanto, el reflotamiento del “María Rosario” es solo la punta del iceberg, ya que hay numerosos barcos, como el Rosa Eugenia y el ferry Carmen Ernestina, que también podrían ser considerados como potenciales fuentes de chatarra en este entorno lleno de corrupción y aprovechamiento.
Por lo tanto, es fundamental cuestionar no solo el manejo de la chatarra en Venezuela, sino también el impacto de estas operaciones en el bienestar general del país. La venta de chatarra puede parecer una solución temporal a la crisis, pero es esencial considerar a quién beneficia realmente y qué consecuencias tendrá para el futuro de la industrialización y el desarrollo económico de Venezuela. La historia del “María Rosario” es, en definitiva, un microcosmos de un país en busca de reinvención en medio del caos, donde la chatarra se convierte en el nuevo oro negro de la era chavista.


